Jn 8:5 y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres… tú, pues que dices?

Allí estaba enmedio de la multitud sin poder defenderse, no mas secretos, y en un mundo de hombres, imposible defenderse, como mujer el panorama se complicaba aún más.

Ya estaba destrozada y muerta por esas miradas justicieras de la multitud aún antes de que las piedras silbaran en el aire, ya había empezado el festín, el clímax? cuando las piedras volaran.

Adónde estaba el cómplice?, nadie sabe nada, tal vez había pactado inmunidad, o había sobornado, traicionando el amor prometido a ella.

Sintiéndose en el pabellón de la muerte, esperando el primer golpe, ella espera, sabe que es demasiado tarde, sabe que será el ejemplo de la clase dominical o del sermón que el domingo dará el pastor al pueblo de que, los grandes rectos de la ley cumplirán la ley, ciegamente, implacablemente, después de todo Dios les confirió la justicia ( “nos mandó” recuerdas?)

No había nada mas que hacer, estaba decidido su destino.

Agachada, esperando que todo acabara, cinco minutos mas y todo estaba escrito.

Sin ver, agachado el maestro escribia en la tierra (como para anotar esta pregunta en aquel día, qué escribías Señor?) y ante tanta insistencia levantando la mirada El maestro por fín invitó a la multitud. Les dijo

Adelante, esto es para los limpios, toma tu piedra y lánzala, tú escoges el blanco… y siguió escribiendo… Para los deseosos de festín éste nunca llegó, lejos de convertirse en la romeria de la tarde dejó de serlo para convertirse en una plaza vacía la del remordimiento, sin sangre que tomar o derramar; el estreno del filme de la semana no se llevaría a cabo.

Todos huyeron uno a uno. Nadie presentó su boleto de entrada a la premier… Ni un sonido de piedra volando por los aires, sólo ruido de pies ruidosos huyendo por motivos de conciencia..

Seguro que sin poderse mover ella escuchó las palabras de vida, mujer no hay nadie de los que te acusaban?, ninguno te condenó?, ninguno Señor.

Cuántas mujeres y hombres vemos cruzando los pasillos de nuestras iglesias blandiendo manos y miradas justicieras, que reprueban, que destrozan, que matan, y que, por cierto acarician de cuando en cuando piedras en sus manos. Alguna vez has acariciado una piedra en tus manos?.

 



 

Cuántas veces hemos dicho tú qué piensas Señor? tenemos ganas de festín, y el celo de tu casa nos consume (sic). Te has sentido alguna vez como ella? o como la mulittud? Cuántos hemos sentido las miradas de los rectos de la ley acariciando piedras mientras nos saludan? Te has visto en el círculo de la muerte? y has escuchado cómo El Señor al tiempo que escribe invita a los que están sin pecado que es hora de aventar la piedra. Has esperado el momento en que serás historia?

Y también te has quedado solo, sin poder moverte y oyes cómo El Señor dirigiéndose a tí y a mí, te pregunta, sigues alli? todavia vives?, no hay ninguno alrededor de tí?, ninguno te condenó?, ninguno Señor.

Esa es la diferencia con nuestro Señor Jesús, eso se llama gracia. Eso es lo que le salvó a ella, eso es lo que nos salvó a tí y a mí. Es la gracia que te permite volver a entrar a la presencia de Dios sin temor. Cobijado con su manto de gracia y recibiendo una promesa “Ni yo te condeno vete y no peques más”.

Gracias, muchas gracias Señor por arroparme, por enjugar mis lagrimas y por darme gracia.

Así que la próxima vez que acaricies una piedra y desees un festín, ven por gracia, considerándote a ti mismo, y Dios te dará la capacidad para considerar a aquellas mujeres u hombres que han pecado y seguro darás gracia. Eso es mejor.

PD: Para todos aquellos que hemos pecado.

AT

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